Es de esas pequeñas cosas de apariencia insignificante. De esas pequeñas cosas en las que hace unos años, antes de empezar a interesarme por el feminismo, ni siquiera me hubiera fijado. Y, sin embargo, es algo importante por el mensaje soterrado que oculta.
Seguro que, si eres como yo usuario del transporte público, también lo habrás notado: la forma en la que mujeres y hombres ocupan el espacio es TAN diferente. Ellos se creen con derecho a invadirlo, a invadirlo no, ¡qué digo! ellos simplemente lo ocupan a sus anchas porque creen que les pertenece.
El metro es el ejemplo más paradigmático. Hay hombres -de todas las edades, pero mayoritariamente jóvenes- que se sientan en un asiento del metro con las piernas tan abiertas que ocupan su asiento y parte del -o de los- contiguos, como si el simple hecho de tener pene les diera derecho a arrellanarse como si estuvieran en el sofá de su casa.
Y no te creas que el hecho de que te sientes a su lado hacen que sean conscientes de su comportamiento y se moderen un poco, juntando algo las rodillas para sentarse como personas normales y no como trogloditas, ¡qué va! Ellos a lo suyo: a exponer la mercancía: "Aquí mi polla".
Hace unos años, como digo, ni hubiera prestado atención a esta actitud -no hablemos ya de dedicarle unas líneas-, como mucho lo hubiera despachado pensando que el espécimen invasor era un maleducado. ¡Error! Esto va mucho más allá de la buena o mala educación.
Al apropiarse así del espacio están lanzando un mensaje claro: tú, como mujer, eres menos merecedora de él, y, si superas la violencia de sentarte a su lado, ya te sentarás discretamente como puedas en el mísero hueco que tienen a bien dejar libre, sin que se te pase siquiera por la mente llamarles la atención, ni tan siquiera echarles una mirada reprobatoria.
Esa forma de actuar y de ocupar el espacio, como digo, es síntoma de algo. Al fin y al cabo, lo que dicen implícitamente esos hombres con su postura corporal es que ellos dominan, que ellos están un escalón por encima de ti, que sólo eres una mujer sin importancia. Que ese asiento -TU asiento, recuerda- es más suyo que tuyo y que bastante magnánimos están siendo con dejarte ocupar la mitad. Y si no te gusta pues te sientas en otro lado. O te jodes y te quedas de pie.
La primera vez que me di cuenta de las implicaciones de este repantigarse en asientos ajenos me hirvió la sangre, y miré al susodicho con odio. Con una de mis clásicas miradas mortales, de ésas en las que me salen rayos asesinos por los ojos. Las veces siguientes miré fijamente al interesado, tratando de imaginarme su vida. ¿Con qué modelo familiar habrá crecido? ¿Cómo le habrás educado? ¿Tendrá pareja? ¿Le controlará el móvil y la forma de vestir?
Y es que, en esas piernas obscenamente abiertas yo veo sólo la punta del iceberg. Y es que, aún suponiendo que a esos mismos hombres se les llene luego la boca hablando de igualdad entre hombres y mujeres - cosa probable, afortunadamente está cada vez peor visto afirmar lo contrario- su lenguaje corporal claramente dice lo contrario.
Seguro que, si eres como yo usuario del transporte público, también lo habrás notado: la forma en la que mujeres y hombres ocupan el espacio es TAN diferente. Ellos se creen con derecho a invadirlo, a invadirlo no, ¡qué digo! ellos simplemente lo ocupan a sus anchas porque creen que les pertenece.
El metro es el ejemplo más paradigmático. Hay hombres -de todas las edades, pero mayoritariamente jóvenes- que se sientan en un asiento del metro con las piernas tan abiertas que ocupan su asiento y parte del -o de los- contiguos, como si el simple hecho de tener pene les diera derecho a arrellanarse como si estuvieran en el sofá de su casa.
Y no te creas que el hecho de que te sientes a su lado hacen que sean conscientes de su comportamiento y se moderen un poco, juntando algo las rodillas para sentarse como personas normales y no como trogloditas, ¡qué va! Ellos a lo suyo: a exponer la mercancía: "Aquí mi polla".
Hace unos años, como digo, ni hubiera prestado atención a esta actitud -no hablemos ya de dedicarle unas líneas-, como mucho lo hubiera despachado pensando que el espécimen invasor era un maleducado. ¡Error! Esto va mucho más allá de la buena o mala educación.
Al apropiarse así del espacio están lanzando un mensaje claro: tú, como mujer, eres menos merecedora de él, y, si superas la violencia de sentarte a su lado, ya te sentarás discretamente como puedas en el mísero hueco que tienen a bien dejar libre, sin que se te pase siquiera por la mente llamarles la atención, ni tan siquiera echarles una mirada reprobatoria.
Esa forma de actuar y de ocupar el espacio, como digo, es síntoma de algo. Al fin y al cabo, lo que dicen implícitamente esos hombres con su postura corporal es que ellos dominan, que ellos están un escalón por encima de ti, que sólo eres una mujer sin importancia. Que ese asiento -TU asiento, recuerda- es más suyo que tuyo y que bastante magnánimos están siendo con dejarte ocupar la mitad. Y si no te gusta pues te sientas en otro lado. O te jodes y te quedas de pie.
La primera vez que me di cuenta de las implicaciones de este repantigarse en asientos ajenos me hirvió la sangre, y miré al susodicho con odio. Con una de mis clásicas miradas mortales, de ésas en las que me salen rayos asesinos por los ojos. Las veces siguientes miré fijamente al interesado, tratando de imaginarme su vida. ¿Con qué modelo familiar habrá crecido? ¿Cómo le habrás educado? ¿Tendrá pareja? ¿Le controlará el móvil y la forma de vestir?
Y es que, en esas piernas obscenamente abiertas yo veo sólo la punta del iceberg. Y es que, aún suponiendo que a esos mismos hombres se les llene luego la boca hablando de igualdad entre hombres y mujeres - cosa probable, afortunadamente está cada vez peor visto afirmar lo contrario- su lenguaje corporal claramente dice lo contrario.